La toxina botulínica, conocida como “Botox”, es una de las toxinas más potentes que se conocen. Debido a su alta toxicidad, cada lote de producción se somete a dolorosas pruebas en animales a los que se les inyecta dosis variables, causándoles parálisis y dificultad respiratoria grave; muchos mueren por asfixia y plenamente conscientes. Según la propia legislación de la UE, estos ensayos se encuentran clasificados como experimentación animal de máxima gravedad.
Desde hace más de una década existen modernos métodos basados en células, que no solo evitan el sufrimiento animal, sino que proporcionan resultados científicamente más relevantes. A pesar de ello, cada año, más de 100.000 ratones siguen siendo sometidos a este cruel y doloroso proceso.
Este hecho pone de manifiesto una deficiencia en la regulación, un escaso interés frente al sufrimiento animal y la necesidad de que Europa ponga punto y final a una prueba que puede ser sustituida por otros métodos científicos libres de animales.
El Reino Unido ya ha propuesto un plan concreto para dejar de utilizar animales en las pruebas de botox, para el año 2027.
Es por ello, que se vuelve a solicitar que el test del botox en animales sea definitivamente regulado y reemplazado por los modernos métodos que evitan el sufrimiento animal y son científicamente más relevantes.
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