La peste porcina declarada recientemente en la periferia del parque de Collserola, ubicado en la provincia de Barcelona, por la “extraña contaminación” de unos jabalís, se suma a la lista de desgracias que, desde hace años recaen sobre este ungulado, víctima de una constante persecución y exterminio, especialmente en el territorio de Catalunya, debido a su incremento poblacional.
Hace menos de un siglo las poblaciones de jabalís salvajes eran prácticamente inexistentes en toda la península ibérica. En el año 1960, en todo el territorio de Catalunya se estimaba que su población era inferior a los 1.000 ejemplares, lo que dificultaba ser observados en la naturaleza.
A lo largo del siglo XX, factores importantes vinculados a la industria y las tecnologías humanas impulsaron un rápido desarrollo con graves afectaciones para los hábitats naturales y las especies de fauna entre ellas: la industria de la caza, el desarrollo de las macrogranjas intensivas de animales y la agricultura con grandes extensiones de monocultivos.
La ley nacional de caza, aprobada en 1970, dio un nuevo enfoque al patrimonio natural peninsular. Orientado como fuente de producción y riqueza, se impulsó una nueva industria a través de una ley que garantizara y favoreciera, de forma muy ventajosa, la explotación de la fauna salvaje como un nuevo recurso extractivo y de rendimiento económico. Se posibilitó que, prácticamente, todos los terrenos agrícolas de la península pudiesen actuar, de manera indistinta o conjunta, como explotaciones cinegéticas, agrícolas y forestales. Entre el ochenta y el noventa por ciento del territorio natural de España se reconfiguró como superficie de caza.
Repoblaciones, crías y sueltas de diversas especies de caza mayor y menor, entre las cuales se hallaban los jabalís, los conejos y las perdices, se destacaron para abastecer los cotos de caza, mientras que los depredadores naturales, observados como competidores, eran eliminados, lo que provocó graves desequilibrios poblacionales y fue reduciendo dramáticamente la biodiversidad.
El ancestral jabalí: de víctima a culpable
Durante más de 700.000 años el jabalí ha sido un habitante endémico de los bosques europeos, muy anterior a la aparición de la especie humana, datada en unos 200.000 años. El jabalí (Sus scrofa), única especie salvaje de suido que habita en Europa, ha ejercido su función en el ecosistema como jardinero y mantenedor de los espacios boscosos. Ventilando y esponjando el terreno, diseminando y sepultando semillas de árboles y plantas, ha favorecido su germinación. Sus patas y alargados hocicos han revitalizado la estructura del suelo, ayudando a la dispersión de hongos que fructifican bajo tierra, entre ellos la valorada trufa. Como omnívoros y oportunistas que son, consumen orugas, gusanos, larvas, insectos y pequeños roedores, contribuyendo así a regular la biodiversidad. Las poblaciones de este ungulado las equilibraban los lobos, linces, grandes rapaces, zorros y osos que, a su vez, también han sido estigmatizados y perseguidos hasta el límite de la extinción por la persecución humana.
La intromisión humana logró, en un tiempo récord, que el jabalí dejase de ser el ermitaño escaso y salvaje de los bosques, para convertirlo en una especie sobreabundante y descontrolada motivada por las sucesivas repoblaciones, hibridaciones y cacerías.
Las insistentes persecuciones y batidas, que no han logrado reducir sus poblaciones, por distintos motivos, han influido en su cambio de comportamiento, adaptación y acercamiento a los entornos de pueblos y ciudades, huyendo de la persecución y ante la posibilidad de obtener alimento fácilmente.
Su caída en desgracia, así como las acusaciones en relación con su sobrepoblación, los daños a la agricultura, los accidentes de tráfico o el acercamiento a las áreas urbanas, tienen su origen y consecuencia en la torpe e inadecuada acción humana, que los forzó a salir de los bosques y hacerse visibles.
Más de cuarenta años de inútiles batidas y matanzas destructivas es tiempo suficiente para que la Administración y sus empecinados perseguidores reconozcan el fracaso de su gestión, dejen de estigmatizarlos y decidan reorientar sus estrategias, con el fin de lograr el equilibrio imprescindible que marca la propia naturaleza y que demanda una parte importante de la sociedad.
Carmen Méndez -Presidenta ADDA
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